Estas historias que aquí introducimos forman parte de un proyecto documental en fase de desarrollo que estamos llamando Vientos de resistencia. El documental cuenta varias historias de resistencia cultural protagonizadas por la música de gaita colombiana y su ancestro indígena, el carrizo kankuamo; sones cargados de mística fuerza vital transformadora que están venciendo la destrucción y la nada inherentes a la guerra.
La persistencia Kankuamo: algún día será mañana
La persistencia Kankuamo: algún día será mañana
Escuela de gaitas Lumbalú
Maestro Paíto
Maestro Paíto
Sinopsis
“Algunas músicas tradicionales han resistido el huracán durante siglos...”
Como cada año en Octubre, el remoto pueblo de Ovejas se convierte en el centro del mundo para los centenares de músicos y apasionados de la gaita que asisten al Festival Nacional de Gaitas de Ovejas. El festival de Ovejas es hoy en día un lugar de encuentro entre los viejos maestros, portadores de la tradición musical, y las jóvenes generaciones apasionadas por la gaita.
Pero, ¿qué ocurrió para que esta música tradicional que en los años 80 sólo tocaban cuatro viejitos campesinos del caribe colombiano sea hoy un fenómeno musical capaz de apasionar a jóvenes en toda Colombia?
¿De dónde viene este instrumento particular, cuyos sonido evocador de ritmos antiguos captura al oyente de forma casi mística?, y ¿qué acontece hoy en los pueblos donde se originó la música de gaita?
En el festival de Ovejas se encuentran Toño, Arturo y Fred, tres músicos que dedicaron su vida al trabajo de vuelta a los orígenes, recuperación y renacimiento de la gaita colombiana y su ancestro, el carrizo kankuamo. Una lucha a contracorriente en un contexto social político y cultural muy hostil, en la que los vientos resistieron.
La persistencia kankuamo..Hasta Atanquez, un pueblito arriba en la Sierra Nevada de Santa Marta, resguardo de la comunidad indígena kankuamo, llegamos buscando los orígenes de la gaita colombiana.
Toño Villasón es un indígena bajito y simpático que vive solo en una casita muy humilde, con las paredes llenas de fotos de lugares y carteles de festivales donde estuvo tocando su carrizo.
Toño es el último músico kankuamo que queda y conserva en su soplo y su canto el baile de chicote, música ancestral y mística de los indígenas kankuamo que viaja por los tiempos y le canta a la vida, la tierra, el sol, la noche, la naturaleza, la humanidad, el universo..
Chico, su amigo y compañero músico, tiene parkinson, la mano temblorosa ya no le deja tocar bien el carrizo. Toño y Chico nos hablaron con tristeza de como los jóvenes kankuamo van asimilando otras músicas más comerciales y populares como el ballenato y se está olvidando la música tradicional, a falta de una escuela donde enseñar esta música a las futuras generaciones. También nos cuentan del desprecio de algunos por su propia cultura, por lo indígena.
En Bogotá Daniel Mestre, uno de tantos jovenes kankuamo desplazados (tuvo que huír de Atanquez y adaptarse a vivir en Bogotá ante las amenazas de muerte recibidas), nos contó en una entrevista la triste historia de los kankuamo y su aniquilación física y cultural.
En medio de tanta injusticia e impunidad, muchos kankuamo siguen luchando y resistiendo como comunidad, como cultura. No deja de sonar en mis oídos el carrizo que Toño Villasón sopla con tenacidad para mantenerlo vivo, a contracorriente, a contratiempo...
Sólo se puede vivir de una manera y esa es luchando por estar vivo, y para eso hay que soñar. David contra Goliat, la vida es el intento tenaz de vivirla, como el soplo del carrizo de Toño... resistiendo a la muerte en vida de asimilar la propia impotencia como algo inquebrantable.
Arturo y la escuela de gaitas Lumbalú.
Los maestros campesinos sembraron en el alma de Arturo una semilla que ha marcado su vida, dedicada a la investigación y el aprendizaje de la gaita con los viejos maestros y a la transmisión de este legado a las jóvenes generaciones urbanas en la escuela de Gaitas Lumbalú, creada por él.
“lo que uno ama, eso es lo que uno es, y hay que echarle pa delante, porque uno no sabe que es lo que va a pasar con uno”
La escuela de gaita Lumbalú está situada en un barrio marginal de Pereira, donde hay mucha violencia y pocas salidas para los jóvenes, que a menudo se enganchan en el narcotráfico, el pandilleo y la delincuencia común o se alistan al ejército. La escuela sale adelante con muchas dificultades económicas, los talleres son gratuitos y no tienen un lugar estable donde reunirse a tocar, algunos días les prestan la escuela, otros les toca ensayar en la plaza.
En este contexto la música proporciona una alternativa a los jóvenes, que se entregan completamente al aprendizaje de esta música ancestral.
“Cuando un joven es tocado por un instrumento, su autoestima entra en él, y entonces él ya se siente importante. Le cambia la cotidianidad de un barrio donde solamente se consume droga o donde hay tanto conflicto. Aquí es donde yo pienso que a través de la música se puede transformar el mundo, se pueden romper fronteras”.
Maestro Paíto
En una isla de coral del caribe colombiano, La Isla del Rosario, vive y crea su música Sixto Silgado, alias "Paíto", gran maestro gaitero hoy reconocido y venerado por todos los amantes del folklor colombiano.
Herencia de su padre, Paíto dice haber nacido para la música. Sus creaciones musicales están en consonacia con su vida campesina, una vida que gira en torno a la familia, el huerto, la casita de tablas y un cartel colgado en el arbol frente a su casa que anuncia la venta de cds de su música. Cuando lo mandan a buscar, Paíto y sus gaiteros de Puntabrava cogen la lancha, el avión y tocan su música en la fría capital bogotana ante un público urbano cautivado por sus sones.
Maestro Paíto
En una isla de coral del caribe colombiano, La Isla del Rosario, vive y crea su música Sixto Silgado, alias "Paíto", gran maestro gaitero hoy reconocido y venerado por todos los amantes del folklor colombiano.
Herencia de su padre, Paíto dice haber nacido para la música. Sus creaciones musicales están en consonacia con su vida campesina, una vida que gira en torno a la familia, el huerto, la casita de tablas y un cartel colgado en el arbol frente a su casa que anuncia la venta de cds de su música. Cuando lo mandan a buscar, Paíto y sus gaiteros de Puntabrava cogen la lancha, el avión y tocan su música en la fría capital bogotana ante un público urbano cautivado por sus sones.
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